La Microbiótica: Una revolución para sanar la Tierra y el ser humano

 

La Microbiótica es la ciencia que estudia la microbiota (comunidad de microorganismos residentes en un ecosistema determinado) en su relación simbiótica (apoyo mutuo) con los organismos simbiontes (anfitriones).

Es un movimiento en favor y defensa de los microorganismos que habitan la Tierra y el ser humano. La Microbiótica es una acepción nueva que aglutina todos los campos que tratan el estudio de los microorganismos que dan y conservan la vida: desde la medicina, la biología, la alimentación, la agricultura, la industria, la ganadería, la ecología, la psicoterapia, la etología, la gastronomía, el arte o la metafísica.

 

La conciencia microbiótica es una tendencia cultural que siempre ha estado ahí, en el acervo de las costumbres tradicionales de los pueblos, gracias a los alimentos fermentados o a las técnicas tradicionales de abonos orgánicos para la agricultura. Pero ahora se nombra con la urgencia de las cosas importantes, en un mundo que necesita soluciones eficaces y baratas a los muchos problemas que nos rodean, tanto medioambientales como terapéuticos. Y estas soluciones naturales que la Microbiótica ofrece se enfocan en dos dimensiones simultáneas:

La dimensión interior en la búsqueda de la salud a través de la nutrición y la investigación terapéutica de la microbiota humana: alimentos y bebidas fermentados, productos de higiene personal, nuevas medicinas bacteriológicas (no bactericidas), psicoterapia simbiótica…

La dimensión exterior para solucionar demandas del hábitat humano y el medio ambiente a costes sostenibles y sin efectos negativos: en la industria, la agricultura, la ganadería, la limpieza de ecosistemas deteriorados, la regeneración del agua en lagos, ríos, mares, depuradoras, la polución medioambiental de las grandes ciudades, la radiactividad, etc.

  

LA VIDA COMENZÓ EN LA TIERRA GRACIAS A LAS BACTERIAS

Sabemos que la vida comenzó en el Universo, o al menos en la Tierra, gracias a las bacterias. La vida tiende a perpetuarse y a expandirse movida por el programa de la evolución, principalmente a través de la fuerza de la simbiosis (la cooperación) más que de la lucha o la competencia de las teorías neodarwinistas imperantes.

 

Las primitivas y diminutas bacterias procariotas, las más antiguas sobre la Tierra, constaban de una simple membrana y una sopa de información genética flotando en el interior. Estas bacterias reinaron en solitario como portavoces de la vida durante más de dos mil millones de años, transformando los gases incandescentes de la atmósfera y modificando la piel de la biosfera terrestre plagada de volcanes y desiertos extremos. Y de pronto llegó el aire (en gran medida producido por ellas) y el agua.

  

A partir de ese instante la vida evoluciona y las primitivas bacterias procariotas se transformaron en las bacterias eucariotas, mucho más grandes y con más capacidad de acumular información e inteligencia, para adaptarse a los cambios geofísicos que ellas mismas provocaban, hasta convertirse en los seres pluricelulares del mundo vivo visible.

Hoy en día se sabe que las células de nuestro cuerpo son parte de esa evolución de bacterias primitivas de vida libre, que eligieron fundirse y perder algunos de sus atributos individuales para formar parte de un ser mucho más complejo y evolucionado como es la célula. Quedan restos reconocibles en la mitocondria de la célula para suponer que en su día fue una bacteria independiente con vida libre. También en las ramificaciones neuronales (dentritas) o en los fiagelos de los espermatozoides nos encontramos con la misma cadena microtubular de proteínas que tienen las arcaicas espiroquetas de hace dos mil millones de años. Y en el reino vegetal vemos esas reminiscencias de nuestros ancestros procariotas en los cloroplastos que generan la función clorofílica, antepasados comprobados de las ancestrales cianobacterias.

Según Lynn Margulis y sus teorías de la Endosimbiosis Seriada y la Simbiogénesis, toda evolución de la vida sobre la Tierra ha sido generada desde el microscópico mundo de las bacterias. Y la ley principal de esa evolución no es la competencia del “más débil se come al más fuerte” sino la de la simbiosis, la cooperación o el intercambio. Este postulado desde luego atenta contra el paradigma vigente neodarwinista y liberal, que justifica la ley del más fuerte en la estructura dominante, tanto del plano económico-político como del científico, tal y como apunta nuestro admirado biólogo Máximo Sandín.

    

Ellas crearon la atmósfera terrestre y se encargan de mantener en equilibrio ese inestable y explosivo conjunto de gases que respiramos (J. Lovelock), también crearon y dirigen la evolución de las especies visibles e invisibles (L. Margulis), descubrieron y nos transmitieron el sexo (las primeras eran hermafroditas), inventaron el movimiento y la comunicación, desarrollaron la ingeniería genética para evolucionar aceleradamente a saltos y no de manera gradual, lenta y azarosa como nos han hecho creer los neodarwinistas.

Nosotros, los seres del macrocosmos visible solo tenemos una forma metabólica de generar energía, a través del oxígeno y la respiración, dirigida por las mitocondrias celulares que producen la molécula ATP. Pero las bacterias tienen infinidad de procesos metabólicos: extraen la energía del aire como nosotros y también en ausencia de este a través de diferentes procesos de fermentación anaeróbica, extraen la energía del metano, del nitrógeno, del azufre, de los compuestos sulfurados o directamente de la luz.

  

Sabemos que por cada célula con ADN humano hay 10 células microbianas (posiblemente muchas más) que no son humanas en nuestro cuerpo, principalmente en el intestino. Casi todas ellas están dentro de nosotros cumpliendo funciones de simbiosis positiva: potenciando nuestro sistema inmunológico o la asimilación de los nutrientes, generando enzimas y vitaminas, creando neurotransmisores y hasta emociones y pensamientos.

No somos humanos, tal y como pensamos, sino un colectivo de simbiontes bacterianos en interacción, que han evolucionado en un solo ser. Eso dice la reciente Teoría del Hologenoma, que abre nuevas perspectivas a la ciencia de la evolución biológica. Somos un holosimbionte o la suma de todos los colectivos de microbios que se integran en nuestro organismo. Ellos modulan nuestro sistema inmunitario y también nuestras hormonas y feromonas, para indicarnos con quien debemos aparearnos. Gracias a estas nuevas teorías de la evolución sabemos que podemos cambiar en una generación para adaptarnos mejor al medio impulsados por el microbioma que hospedamos. Y esos cambios serían imposibles vistos desde la perspectiva neodarwinista, que precisaría de millones de años para realizarlos. Así se ha demostrado con la mosca de la fruta o el coral del Mediterráneo, que han sufrido grandes mutaciones en su comportamiento en muy poco tiempo, sin variar sus genes, debido a las adaptaciones de la microbiota que les acompaña.

  

Pese a esta gran evidencia de que somos y venimos del microcosmos bacteriano, vivimos en una cultura bacteriofóbica donde nos envenenamos masivamente con productos tóxicos de limpieza, salud e higiene personal, con la intención de asesinar a todas las bacterias que se crucen en nuestro camino, incluso en nuestro intestino. Desde la guerra bacteriológica por la asepsia total del hábitat, hasta la saturación de los antibióticos como panacea de la salud y el progreso farmacológico, nos hemos equivocado de enemigo al generar una guerra contra los virus y las bacterias.

Frente a esta visión paranoica y exterminadora de que la mejor bacteria es la bacteria muerta, que incluso se estudia en las facultades de ciencias de todo el mundo, se asienta otra corriente más integrativa y holística que reconoce el gran valor de los microbios para la vida y el medio ambiente. Una gran exponente de esta corriente emergente es Bonnie Bassler, la directora del Departamento de Microbiología de la Universidad de Princeton. Ella y su equipo han descubierto que las bacterias se comunican a través de un lenguaje bioquímico y no solamente tienen vida libre individual, sino también capacidad de tomar decisiones colectivas, en una especie de voto de consenso para realizar acciones conjuntas.

  

Hace tiempo caminando por Madrid vimos una pintada que decía: “Las bacterias también sienten”. Algo se movió por dentro, a la altura del ombligo, tan intenso que todavía perdura; y nos ha motivado a todos los autores a elegir esa frase como dedicatoria inicial del libro “La Microbiótica”.

Muchos años después descubrimos lo que algunos científicos empiezan ya a apuntar: que el campo unificado de nuestras emociones, situado en nuestro intestino es la suma de las conciencias de 100 billones de seres microscópicos y no humanos que lo habitan. De hecho gran parte de los neurotransmisores cerebrales se fabrican en el intestino, aunque luego vayan al cerebro por el riego sanguíneo. Es lo que se ha venido a llamar el “Segundo Cerebro”.

 

Muchos de los trastornos neuronales y psíquicos se provocan por un desequilibrio en la microbiota intestinal y se arreglarían confiando en el potencial regenerador de los microbios, a través de una alimentación que incorporara suficientes elementos simbióticos (prebióticos y probióticos) en la dieta.

Es el intestino el foco de donde parte la información vibracional, cuando sentimos miedo o alegría o stress. ¿Será casualidad? ¿Serán esos 100 billones de pequeños seres que están sintiendo por nosotros? Estamos en el albor de la “Psicología Simbiótica” que será un nuevo planteamiento para afrontar las terapias emocionales desde la perspectiva “transhumana” de la conexión con el microcosmos que nos habita.

 

La Microbiótica también tiene un padrino, nuestro biólogo español más ilustre y heterodoxo: Máximo Sandín. También es microbiótico en toda su obra, a contracorriente de las imperantes teorías neodarwinistas: “Los conocimientos científicos más actuales demuestran que las bacterias y los virus conviven armoniosamente en todas partes, incluyendo nuestros propios organismos, y que sólo de manera excepcional se vuelven patógenos: cuando alguna causa externa desestabiliza su funcionamiento normal. Y teniendo en cuenta que se calcula que hay en la Tierra 5 x 1030 bacterias –diez mil millones de veces el número calculado de estrellas en el universo- y que el número de virus es entre 5 y 25 veces superior, ¡si las bacterias y virus fueran patógenos no duraríamos ni un segundo!”.

Basta conocer su página web (www.somosbacteriasyvirus.com) para descubrir su fervor por el mundo microbiótico. Máximo nos dice en una entrevista publicada en Discovery Salud: “En una gota de mar hay un millón de bacterias y en un gramo de tierra cuatro millones. Vivimos en suma inmersos en un mar de bacterias y virus que, insisto, son esenciales para el funcionamiento de la vida. ¡Son los virus y las bacterias los arquitectos de la vida!”.

    

El planeta se oxida y se deteriora la vida sobre la tierra a ritmos crecientes y exponenciales, debido a la actividad insostenible de la sociedad humana. Las grandes amenazas del cambio climático, la desertización, la polución ambiental (electromagnética, radiactiva, química, transgénica, alimentaria…), amenazan nuestra supervivencia y la de las generaciones futuras. Se calculan unos 10.000 productos químicos nuevos, producidos por el hombre que circulan libres en el ambiente desde hace 100 años. Muchos de esos productos son tóxicos y nadie ha investigado la nefasta interacción que puede generar la combinación de algunos de ellos para la vida y la salud.

Peor aún que la polución ambiental son los alimentos y medicamentos que nos oxidan la sangre y envenenan nuestra microbiota intestinal: azúcar y sal refinados, aditivos alimentarios, derivados lácteos, harinas blancas (pastas, pan, dulces...), carnes y grasas animales, antinflamatorios y antibióticos, etc. Ya no basta con comer sano, hay que ayudar al intestino a recuperar el orden microbiótico perdido. Y eso se consigue desinflamando y desintoxicando con alimentos minerales y vegetales específicos, a la vez que incorporando probióticos de manera constante en forma de comidas y bebidas fermentadas. Esa es la base de la Nutrición Simbiótica de la que hablaremos en un próximo artículo.

La Macrobiótica descubrió hace mucho en Oriente que los alimentos fermentados tenían una gran vitalidad que podría ayudarnos para recuperar o mantener nuestra salud. ¿Qué sería de la Macrobiótica sin el miso y el tempeh (soja fermentada) o el omeboshi (ciruela fermentada)? También poco a poco los emergentes movimientos vegano y crudivegano (Raw Food) están conectando con el mundo microbiótico de los fermentados, añadiendo así una fuente extraordinaria de micronutrientes y enzimas poderosas en su dieta diaria. Estamos solo al principio de un largo camino gastronómico y nutricional por recorrer.

Y partiendo de esa base probiótica fermentativa tradicional, se han descubierto nuevos procesos de transformación de alimentos y bebidas que nos ayudan a mejorar el balance antioxidante corporal y a recuperar la fuerza de nuestra flora y fauna intestinal. En nuestro país, se están diseñando una serie de superalimentos y bebidas simbióticas fermentadas experimentales, que esperamos pronto serán un éxito en el mercado ecológico tanto nacional como internacional.

La Microbiótica es un movimiento pequeño y silencioso, que se activa dentro de nosotros (en nuestro intestino) y también fuera (en nuestro hábitat) como un fermento benefactor. Exploremos todas las posibilidades que nos brindan estas microbiotecnologías, sin manipulaciones fáusticas ni genéticas. Solamente si nos conectamos con su frecuencia de regeneración y de amor vital descubriremos su enorme potencial.

Please reload

Entradas Destacadas

Los probióticos como aliados para el cuidado de la piel

June 8, 2016

1/6
Please reload

Entradas Recientes
Please reload

Archivo
Please reload

Buscar por temas